En una noche de lunes de viento y garúa, un flojo Defensa y Justicia perdió contra Instituto de Córdoba por dos a cero en condición de visitante, perdiendo su invicto en lo que va del torneo.
Ellos habían llenado la cancha, nos querían ver, si ganábamos éramos punteros, éramos la sensación del torneo. Pero el partido arrancó mal, impreciso, con pases a los contrarios, los jugadores nerviosos. El árbitro. Ellos que volaban. Una cancha difícil. Pareció que de visitante era otra cosa, lo normal. El primero de ellos llegó en una pelota parada, con un jugador enmascarado. El segundo fue ya en el complemento, desborde por la derecha y zapatazo a quemarropa.
No habíamos perdido, tampoco -salvo el último partido- brillado tanto. Parecía que Soso había encontrado algo, ahora todo invita a replantearlo.
¿Habrá épica? Es un torneo tan raro, cualquiera le gana a cualquiera. Instituto pareció cualquier equipo europeo que tenga los colores de su camiseta. Anoche bajo la lluvia venía en el ciento setenta y ocho con un hincha de la Hudson mirando el partido por el celular. Cuando terminó el primer tiempo empezamos a hablar del equipo, del club, de sus hinchas. El hombre de campera Columbia seguía al equipo como nadie, me decía que lo mataba que de local se jugara en horario laboral, pero no le importaba, al defe lo alentaba y seguía desde donde podía. Nos saludamos con un apretón de manos. Pienso en este poema de Germán Carrasco, un poeta que murió este año, con su permiso lo copio.
Epica.
no pienses en el Che,
piensa en el Chino y el Willy:
esos dos que lo acompañaron hasta el final
(los fotógrafos pasaban por sobre sus cuerpos
-alfombras, bultos-
para fotografía al cristo
de Caravaggio o Zurbarán); piensa
en los que alcanzan las pelotas en el tenis;
en la lozana noviciatura
de todo primer poema,
en quienes no tienen militancia,
en quienes pasan el año nuevo
en un cyber café peruano.
