Un baldazo de agua fría cayó en la tarde de lunes a nuestro querido Defensa y Justicia, quién volvió a caer, esta vez por dos a uno contra un envalentonado Talleres de Córdoba, como local en Varela.
A la mañana había habido niebla, después un sol que rajaba la tierra. Hasta el tiempo estaba raro. Se salió a jugar otro partido, con otro buen marco de gente, que a esta altura es un completo acto de amor hacia el equipo. Un equipo el de Soso, que no pudo hacer pie al principio, que le costó mucho, Talleres volaba. Empezó el primer tiempo. El Halcón se vio superado por el conjunto cordobés, bicho, inteligente, que golpeó apenas empezó el partido y en el arranque del complemento.
Los cambios de Aguiar y Coria demostraron lo contrario: que se podía despertar. Pero no. No alcanzó. Tal vez este siga siendo el camino a seguir. No lo sé. Ojalá -recemos juntos- no nos equivoquemos. Pero la pregunta que nos estamos haciendo todos ahora es por qué carajo no entraron antes los cambios, por qué esperamos tanto los dos cachetazos para despertar. Es inentendible que, necesitando el resultado, no se arriesgue más de lo necesario. Ya no sé que hablo.
Quedamos séptimos, octavos, al borde de quedar afuera otra vez en los mata-mata. Atrapados en la reflexividad del cansancio. El sistema es así, jugar un lunes, pleno horario laboral, agota a cualquiera, tanto que la única respuesta es el automatismo. Otra gran iniciativa del club de dejar que los socios puedan llevar a dos personas a la cancha. Ir al Tito acompañado es lo más lindo que hay.
Ya no jugamos para ganar, jugamos para que el tiempo pase porque aceptamos que pasa es lo que hay. Lo único que falta es que aparezcan más mosquitos.
